Jimena Muñiz fue una mujer “nobilísima, muy rica y hermosa”, según la describe el obispo Pelayo de Oviedo en el Chronicon Regum Legionensium. Su figura emerge en las crónicas medievales como la compañera del rey Alfonso VI de León, con quien tuvo dos hijas, Elvira y Teresa de Portugal, esta última destinada a ser el origen del linaje de los reyes portugueses.

Más allá de la etiqueta de concubina con la que la historia la ha fijado durante siglos, Jimena aparece también como una mujer inserta en las complejas redes de poder del reino leonés. Recibió por voluntad real la tenencia de Ulver y los condados de Astorga y del Bierzo, territorios clave en la estructura política del momento, lo que revela una posición de influencia poco habitual para una mujer de su época.

Tras su muerte en 1128, fue enterrada en la iglesia del Monasterio de San Andrés de Vega de Espinareda, en el corazón del Bierzo. Su tumba, sin embargo, no ha conservado la misma visibilidad que su memoria histórica: la lápida con su epitafio se conserva hoy en el Museo Arqueológico de León, mientras que sus restos permanecen en algún lugar de la iglesia, ocultos, sin identificación, disueltos en el silencio del tiempo.

Ese epitafio —fragmento de piedra y palabra— es el que ha inspirado este relato. Entre lo que se recuerda y lo que se pierde, entre la figura pública y el anonimato, Ximena queda suspendida entre dos mundos, el de la crónica y el de la ausencia,  una huella que aún hoy sigue interrogando al presente.

Bibliografía que se puede consultar en la red:

CONCUBINA O ESPOSA. REFLEXIONES SOBRE
LA UNIÓN DE JIMENA MUÑIZ CON ALFONSO VI