Hay muchos modos de comenzar este blog, pero este empieza antes de mí.
Empieza en una piedra. En una inscripción antigua que no nació para ser leída tantas veces, pero que insiste en seguir hablando. Un epitafio medieval, atribuido a Ximena Muñiz, que ha sobrevivido al tiempo como una voz detenida entre la vida y la muerte. De ahí he tomado los títulos de esta novela: no como explicación, sino como eco.
Pero esta historia no pertenece a Ximena. La Jimena de esta novela nace muchos siglos después, a mediados del siglo XX, en el mismo territorio donde aquella otra fue nombrada y olvidada. El Bierzo vuelve a abrirse como escenario. El mismo paisaje, otra respiración del tiempo.
Ella es fotógrafa. Mira el mundo a través de la luz, intentando fijar lo que cambia antes de desaparecer. Su nombre no es casualidad, pero tampoco es destino, es una herencia invisible, una coincidencia que se convierte en pregunta.
Porque hay nombres que no se heredan, se despiertan.
Y así, entre dos Jimenas separadas por siglos —una fijada en piedra, otra en imágenes— esta novela intenta escuchar lo que queda entre ambas: lo que persiste, lo que se repite, lo que nunca termina de irse del todo.
“Quam Deus a pena defendat, dicta Xemena,
Alfonsi vidui regis amica fui
Copia, forma, genus, dos, morum cultus amenus
Me regnatoris prostituere thoris.
Me simul et regem mortis persolvere legem
Fata coegerunt, que fera queque terunt.
Tis demptis, super hec de mille ducentis
Quator eripies, que fuit era scies »
“Yo, llamada Jimena, presérveme Dios del castigo, fui amiga del rey Alfonso durante su viudez. Su opulencia, la hermosura, la nobleza, las prendas, la amena cultura de los modales, me prostituyeron al tálamo del reinante. A mi y al rey juntamente obligaronnos a pagar el mortal tributo los hados implacables que todo lo pulverizan. De mil y doscientos quita treinta y cuatro, sabrás la era de mi fallecimiento (Era 1266, igual a 1128)